
Hoy he sufrido una pesadilla
terrible, tanto que me he despertado con el miedo pegado al diafragma y las
pupilas dilatadas de una loca. La sangre corría acera abajo y yo apretaba con estas manos de niña – con toda la fuerza del
universo- sobre una herida en tu abdomen. Te susurraba: “Cielo, no cierres los
ojos, ¿vale? Y te veía borroso por las lágrimas, a ti y a una multitud de
rostros que se mantenían al margen sin integrar la idea de mi cuerpo junto al
tuyo en aquella helada calle. Tú me decías que tenías frío y yo gritaba para
que alguien trajera mi abrigo. Como la llama de una vela barata, te apagabas en
mis manos, y yo quería hacerte reír, mantenerte a mi lado. “Escucha, cariño, mírame,
por lo que más quieras, si ves una luz, no vayas hacia ella, ¿vale?”, yo quería
ahuyentar a ese monstruo con mi risa pero solo me salía un murmullo de
angustia. Por complacerme, como haces siempre, tú esbozabas una pequeña sonrisa,
que más que eso parecía una mueca, surcada por unos labios violáceos que yo jamás
te había visto. “No te vayas, mi amor, nos quedan muchas noches, aún nos quedan
miradas y secretos y lencería tirada por el suelo”, te exigía, te suplicaba. La
ambulancia llegó y te arrebataron de mí. Me quedé sentada en el suelo, asustada.
Las luces y la sirena se fueron alejando poco a poco entre la multitud
silenciosa, alguien quiso ayudarme, y yo apretaba las mandíbulas para no
gritar. “Vivirá”, escuché en aquel abrazo amigo. Yo lo sabía, y también sabía
que en algún hospital de aquella ciudad, tu mujer te estaba esperando. Desperté
para seguir amándote en silencio, paralizada en esta orilla del mundo, sin
poder cruzar ese puente que conecta tu alma y la mía, como una condena impenitente.
Como una muñeca de trapo.
Chimpum!
Laura Frost