Para la pequeña Marta
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| Ilustración de Slawek Gruca |
- ¿Por qué lloras, preciosa?
Aquella niña no tenía fuerzas ni para sostenerme la mirada, pero supe comprender lo que ocurría. La aterrorizaba hacerse una foto con ese payaso.
- Toma – me descolgué el collar y lo enlacé en su pequeño cuello-. Las libélulas se llevan nuestros miedos y los esconden más allá del reino de los sueños.
Hoy la he vuelto a ver, aunque fue una visita fugaz. Ella volaba grácilmente entre camerinos, sorteaba maquillajes, tules, brillantinas. Pude robarle un abrazo y hasta una foto. Sobre su pecho aún centelleaba el collar de libélulas azules y Circo del Sol nunca tendrá una diseñadora de vestuario más valiente. Antes de irse me susurró: “Siguen sin gustarme los payasos”.
“A mí tampoco”, contesté.
Chim pum!
Laura Frost








3 comentarios:
Laura te he de decir que me encanta Slawek Gruca.
¿Ya conoces las obras de este diseñador gráfico y pedagogo?
Su obra más personal se titula "Mis paranoias"
Ma ha llamado la atención que lo hayas escogido para este nanorrelato. Muy acertado.
Y aprovecho para decirte que por lo general,también me gustan mucho las imágenes que siempre pones.
Cada vez que te leo en los relatos infantiles entro en un estado de regresión irremediable y quiero una mamá como tú.
Vaya suerte que tiene Marta.
A mí tampoco me gustan los payasos, Laura.
Este mundo está al revés y, los payasos, nacidos para hacer reír, se dibujan una amplia sonrisa roja sobre una cara blanca para esconder las lágrimas y una mueca que, de verla, te podría dejar helada.
A mí tampoco me gustan los payasos, Laura, porque no creo en las máscaras. Ni en la risa provocada a costa de una persona... aunque a veces la sonrisa que me arrancan a través de un niño que no le tiene miedo provoca un bienestar y me hace olvidar, por un rato, que no me gustan los payasos.
Un beso enorme pa mi sevillana favorita
El armazón es un verdadero alarde de arbotantes. Bajo una aparente levedad se levanta una pequeña catedral fascinante. Veamos. Una cariñosa curiosidad: “¿Qué te pasa?”. Una preocupación: hacerse una foto con un payaso. Una solución mágica: “Colgar un collar..” El reencuentro fugaz tras el paso de los años, en un lugar lleno, precisamente, de payasos entre otros personajes de circo. La constatación de que aquel episodio sigue vivo: “Sobre su pecho aún centelleaba el collar”. Y la seguridad de que el remedio maravilloso continúa: “...nunca tendrá una diseñadora de vestuario más valiente”. El paso del tiempo no puede dañar la complicidad de dos personas unidas por una anécdota, que les coloca en una situación en la que entra de sopetón la magia y la poesía. Volver a verse durante tan breve tiempo es suficiente para corroborar entre ambas que el suceso que las unió permanecerá siempre en ellas, apoyado por ese chispazo final del diálogo entre una que, aún después de aquel susto provocado por alguien perteneciente al mundo del circo -el payaso-, se ha volcado profesionalmente en él, (deliciosa paradoja) y otra que tiene ocasión de comprobar que es posible lo extraordinario. Un pequeño homenaje poético a los actos sencillos y valientes que marcan nuestra vida. Me encantó cuando lo leí.
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